giovedì 17 marzo 2011

"Siempre pensé que llegaría el día en que Drazen y yo nos sentaríamos a charlar... pero ese día nunca llegó"

Al 90% de la población mundial le gusta el chocolate. No, no es algo científicamente demostrado, es simplemente mera intuición femenina. A unos les gusta el chocolate a la taza, estilo Patatín (disfrazaremos las marcas pues no pienso hacer publicidad gratuita) a otros, esos bombones que te proporcionan un orgasmo de placer tan intenso que ríete tú del éxtasis de Santa Teresa. Los más cool apuestan por cubrir sus hermosos torsos con tan apetitoso ungüento… en mi barrio directamente se lo fuman.

Sin embargo, henme aquí, queridos señores míos – de ahora en adelante pondré también señoras no vaya a ser que éste humilde blog se llegue a hacer tan famoso en la blogosfera que vaya a entrar la Ministra de Igualdad y tengamos el lío montado- yo soy la excepción que confirma la regla…

Pero, si no te gusta el chocolate -podríais pensar- ¿qué es lo que te llena en tus días de vacío existencial? Podría contestar de manera irónica -¡Dios! ¡Cómo me está costando no hacerlo!- pero como bien defendería Simmel, prefiero no desvelar todos mis encantos de una sola vez pues de hacerlo perdería la gracia. En fin, vamos a lo que vamos. Retomemos la pregunta… ¿qué es lo que te gusta, oh pequeña Sara?

Sara tiene cuatro pasiones:

  • Escribir
  • La bella Italia
  • Los Balcanes
  • El deporte

Me encanta pensar lo extraña que resulta dicha conjunción, pero en el resultado de todas se haya parte de mi esencia.

El motivo de esta entrada no se basa en mi persona. Hará cosa de dos meses me atiborraba de esas dulces píldoras de información deportiva que desde hace años se han convertido en mi principal droga cuando, de repente, mis ojos se detuvieron en un vídeo. Un vídeo que es algo más que un vídeo. Divac y Petrovic. Petrovic y Divac. Dos vidas truncadas mucho antes de la prematura muerte del gran genio croata, dos vidas truncadas por la cruenta Guerra de los Balcanes. Dice Divac algo como que una amistad cuesta años cimentarla pero se bastan de unos cuantos segundos para derrocarla. Y ¿a qué viene ésto? Muy sencillo. Pude comprobar como una de las cosas que sustenta mi vida llegó a desmoronarse llevándose consigo la existencia de todo un pueblo, acarreando unas consecuencias que todavía hoy, desgraciadamente, perduran. Gracias a la historia de Vlade y Drazen nos topamos de lleno con uno de los episodios más aberrantes no sólo a nivel europeo, sino también mundial, del s.XX, el siglo de las grandes vergüenzas bélicas.

Resulta curioso comprobar cómo aún años después es imposible borrar de la memoria de toda una generación las consecuencias que de la desintegración de la Antigua Yugoslavia derivaron. Llegados a estas alturas, os propongo un “juego”. Seguramente no frecuentéis ningún ambiente balcánico, pero en el caso contrario, os animo a probar. Coged a un serbio, a un croata o a un bosnio, y preguntadle qué es para él la cultura balcánica. La primera vez que formulé aquella pregunta, mi interlocutor se quedó observándome con un rictus a camino entre el dolor, la incredulidad y la repulsa. “¿Cultura balcánica? ¿Qué cultura balcánica? Resulta curioso que me preguntes esto cuando ni tan siquiera nosotros mismo somos capaces de dar una respuesta que se ajuste a aquello que quieres escuchar. ¿Cultura balcánica? ¿De qué te hablo? ¿Del folclore? O mejor aún ¿Del significado del puente de Mostar, de la matanza de Srebenica, de Kosovo? ¿De qué quieres que te hable?” La dureza con la que tal hombre hablaba me hizo cuestionarme si tal vez habría llegado demasiado lejos; sin embargo, a pesar de la acidez de sus palabras, su voz resonaba firme en la sala. Que una persona prácticamente desconocida le hubiese removido los fantasmas de un pasado reciente no le había derrumbado ni un ápice tan siquiera. Un silencio prolongado sobrevoló el espacio en el que nos encontrábamos. Decidí no volver a abrir la boca en lo que quedaba de día. Quizás había llegado el momento de dejar los fantasmas de lado.

Retomemos ahora otra de mis pasiones, el deporte. Hace apenas unas semanas, el Real Madrid, también conocido como La Torre de Babel del baloncesto español, llegó al Belgrado Arena con el liderato del grupo al alcance de sus manos. Los blancos aterrizaron en tierras serbias con una plantilla donde el dominio balcánico era notable: Novica Velickovic, serbio; Nikola Mirotic, montenegrino; Mirza Begic, bosnio; Ante Tomic, croata. En la cancha del Belgrado Arena la tensión se podía palpar. El parquet, rodeado de pancartas al más puro estilo “Ovo je Srbija” “Kosovo je Srbija” -traducción al castellano, “Esto es Serbia” “Kosovo es Serbia”, estaba a punto de convertirse en un escenario hostil para la representación croata y bosnia en las filas madridistas. Silbidos, insultos hirientes, consignas nacionalistas… para muchos espectadores, eso formaba parte de la enemistad entre aficiones; sin embargo sólo unos pocos sabían lo que se escondía entre bastidores. El delito que Ante Tomic y Mirza Begic habían cometido no era ser jugador del equipo contrario -lo que también favorecía este clima de animadversión- El principal delito de Tomic y Begic era haber nacido En Tierra Hostil.

“Más allá de las destrucciones en objetos visibles, incluso más complejas y dolorosas, son las destrucciones que se producen en el interior de las personas. Pero sólo algunos, y lentamente, empiezan a entender que detrás de una guerra, ganada o perdida, queda siempre una humanidad derrotada” dijo un tal Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura de 1961. Recoge Orfeo Suárez en su Los cuerpos del poder: Deporte, política y cultura (Editorial Casiopea, Barcelona, 2000. Pág 185) “El 4 de junio, antes del Mundial de fútbol de Itaila, la selección de Yugoslavia disputó nuevamente en Zagreb un amistoso de preparación ante Holanda. Perdieron por 2-0 entre aplausos de los espectadores a los holandeses y abucheos a los jugadores locales (…) La tensión también había crecio en el seno de algunas selecciones, como prueba el altercado que se produjo ese mismo año en Buenos Aires,cuando Vlade Divac impidió que un aficionado entregara al desaparecido Drazen Petrovic una bandera croata tras la victoria de Yugoslavia en el Mundial de baloncesto de Argentina”

Amistad. Del latín amicĭtas, -ātis. Según la primera acepción del DRAE, dícese de aquel afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, el cual nace y se fortalece con el trato. La historia de Divac y Petrovic es tan sólo una de tantas que asolaron la zona balcánica, polvorín por excelencia, allá en las postrimerías del siglo XX. Palabras olvidadas para siempre en el fondo de un cajón, sonrisas fusiladas por el ruido de las balas y pueblos que todavía hoy, siguen sin olvidar.

Escribió un tal Alejandro Casona, dramaturgo y poeta español perteneciente a un movimiento prácticamente desconocido como es la Generación del 27 “No tengas miedo a la verdad: puede doler mucho, pero es un dolor sano” No tengáis miedo a la verdad, no tengáis miedo al pasado, no tengáis miedo a la historia.

“Por una parte, la claridad y la forma, la geometría y la lógica, la ley y la justicia, la ciencia y la poética; y por otra, todo lo que a esto se opone. Los libros sagrados de la reconcialiación o del amor, y las cruzadas o el yihad. El espíritu ecuménico y el ostracismo fanático. La universalidad y la autarquía. El ágora y el laberinto o la alétheia y el enigma. La alegría dionisiaca y la piedra de Sísifo. Atenas y Esparta, Roma y los bárbaros. Los Imperios de Oriente y Occidente. La Costa del Norte y del Sur. Europa y África. La cristiandad y el Islam. Lo católico y lo ortodoxo. Las enseñanzas del Nazareno y la persecución de la diáspora judía. En el Mediterráneo, el Renacimiento no ha podido vencer a la Edad Media” Predrag Matvrejevic, Breviario Mediterráneo (1989)

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