giovedì 17 marzo 2011

De cómo defender la verdad entre tanques y fusiles. II parte

Pongámonos en situación. Conflicto Israel-Palestina. ¿Cuántos serían capaces de explicar el porqué de tal enfrentamiento que llega hasta nuestros días? Al igual que meigas, haberlos haylos, pero comparándolo con el número de habitantes del planeta, el resultado es un mero hazmerreir. Los políticos cubren sus auténticas intenciones -aquellos orgullos que el resto desconocemos- bajo la oscura capa de los odios irreconciliables; sin embargo, este mundo humanizado en el que vivimos es mucho más complejo y ni tan siquiera esa insaciable muletilla puede darle explicación. El corresponsal debe tenerlo siempre presente y transmitírselo a su público en todo momento. Por triste que parezca, aquel que coseche un mayor número de amenazas por parte de alguno de los contendientes será quien pueda sentirse orgulloso de haber cumplido correctamente con su función de informador.

Clima convulso, niños llorando frente al cadáver de su padre, caras de pánico, alarmas que anticipan el peligro que está por venir… Según Steele “Un corresponsal de guerra se enfrenta a dos grandes peligros. El primero es el cinismo (…) El segundo peligro es que uno empieza a posicionarse (…)” En esta situación de crueldad, de degradación, el informador tiene que controlar sus propias emociones y evitar por todos los medios posibles caer en el más acérrimo de los escepticismos: pensar que todo lo que está por suceder se puede prevenir, hace que tanto el propio profesional como el lector/oyente/espectador pierda el interés. Por otro lado, es inevitable que el periodista, como ser humano que es, se posicione a favor de una de las partes en el transcurso del conflicto; no obstante, uno de los apartados del código deontológico del periodismo proclama la obligación moral de diferenciar entre hecho y opinión o interpretación. Su principal deber es aquel de informar de toda una serie de hechos veraces, huecos de interpretación alguna, pues esta última es la labor a realizar por la ciudadanía: el informador debe ser únicamente la herramienta a través de la cual se llegue a la formación de un criterio propio.

“Una de las preguntas que más me hacen es por qué decidí irme a la guerra. Me ha sorprendido descubrir que mucha gente piensa que nos vamos a la guerra para hacernos famosos (…) Los pobres ignoran que los periodistas somos uno de los sectores más maltratados de la sociedad laboral y que nos vamos a la guerra por vocación, porque queremos contarles las cosas de primera mano” Éstas son las palabras de Mercedes Gallego, periodista del Correo Digital. Los periodistas -entre los cuales incluyo también a nuestra futura generación- tenemos la fama de ser unos auténticos buscafortunas. Recuerdo perfectamente lo primero que me contestaron al declarar que mi futuro estaba ligado a una silla de redactora en algún recóndito rincón de este planeta. Una contestación un tanto insultante, casi hiriente. Fuera de la lógica capitalista que impera en nuestra sociedad queda el que pueda existir un grupo de personas capaces de arriesgar su propia existencia por su vocación. La gente ya no cree en esta palabra. Vocación. Ahora que se educa a los niños en unos valores consumistas; ahora que se les incita a dedicar toda su vida a algo que, aunque les haga desgraciados, valga la pena; ahora que el periodismo se ha convertido en una profesión denostada por una inmensa mayoría.

El estrecho vínculo existente entre conflictos bélicos y los medios de comunicación resulta, por tanto, innegable. Por suerte para la economía y la política exterior de ciertos países, por desgracia para la humanidad entendida como tal, este mundo ha sido testigo de innumerables enfrentamientos desde tiempos inmemorables. Jenofonte, Julio César, Russell, Torres, Couso, Anguita y un eterno etcétera han contribuido no sólo a la formación de una opinión critica acerca de la realidad acontecida en un determinado momento de nuestra existencia, principal tarea de un profesional de la información, sino que también muchos de ellos se han afanado por proteger toda una serie de derechos inalienables del hombre aún a sabiendas del riesgo que tal empresa entrañaba. Gracias a esta figura somos conscientes de los errores de todos aquellos que nos precedieron en el mundo; gracias a esta figura somos capaces de enfrentarnos al conocido aforismo de George Santayana (1905) “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”

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