giovedì 7 aprile 2011

Niebla en Bagdad. I Parte


“¿Y si es tan arriesgado, por qué vais a las guerras?” Todo el mundo nos lo pregunta estos días. La respuesta no es fácil. Algunos puede que vayan en busca de prestigio, otro por dinero, la mayoría porque de verdad amamos este oficio. En contra de lo que suele pensarse no abundan los locos ni los yonquis de sensaciones fuertes. La mayoría odiamos la guerra porque la conocemos. Y como solía decir Miguel Gil, el reportero español asesinado en Sierra Leona, nos limitamos a hacer de intermediarios entre el dolor y el olvido.
Pero eso no es lo importante. Lo importante es que alguien tiene que estar allí. Y que cada muerte de un periodista es un ataque frontal contra la libertad de información, un golpe en el vientre de la justicia, una victoria de la impunidad. Todos perdemos un testigo que persigue la verdad entre las mentiras de uno y otro bando. Eso es lo importante.
Miguel Gil lo sabía. Y Julio Fuentes. Y Anguita Parrado. Y José Couso. Por eso estaban allí”

Monteagudo, V. “Entre el dolor y el olvido” en José Couso. La mirada incómoda 2004

8 de abril de 2003. Minutos antes de las 8 de la mañana, un avión estadounidense lanza un misil aire-tierra sobre las sedes de las dos cadenas árabes presentes en la zona, Al Jazeera y Adu Dhabi, sesgando la vida del periodista jordano Tarek Ayub, hiriendo a su cámara y sepultando entre los escombros a 27 trabajadores. Según apuntan testigos oculares del suceso, el aparato desde el cual se procedió al ataque sobrevoló la zona hasta dos veces antes de cometer unos de los mayores atentados contra la libertad de información de los últimos siglos. Decimos atentado porque, como bien reconocería el editor jefe de Al Jazeera instantes después, la posibilidad de considerarlo accidente suena irrisoria: previendo posibles ataques como aquel que pretendió silenciar la voz de la guerra, la cadena árabe dejó a completa disposición del Pentágono las coordenadas exactas de su localización.
Tres horas más tarde, dos tanques M1A Abrams de la compañía A 64 del Regimiento Blindado avanzan con paso firme hasta las cercanías del puente de Jumhuriya, aquel que une las “dos” capitales iraquíes. A escasos metros se erige eفندق فلسطين -Hotel Palestina-, centro neurálgico de todos aquellos valientes que, cuando la deserción de corresponsales no había hecho más que empezar, siguieron manteniendo informado a un Occidente ávido de sangre a golpe de pluma y cámara.
Tres. Número sagrado “Lo corpóreo no tiene, fuera del número tres, ninguna otra magnitud; todo se determina por medio de la trinidad, pues el principio, el medio y el fin son el número del todo, que es el número tres” apunta Aristóteles (De Coelo I, I) Son tres las puntas del triángulo; tres las personas integrantes de un triángulo amoroso; tres las islas que conforman el Triángulo de las Bermudas. Tres eran las sedes informativas desde las cuales se desacreditaban las acciones impopulares de un ejército que ante tal descontrol, optó por la vía más fácil: aquella de la destrucción.
Acabar con tres señales en directo era mandar un aviso a los periodistas que no iban empotrados” afirmó Javier Couso, hermano del malogrado camarógrafo de Telecinco durante el coloquio “José Couso. 8 años después” “ Un Ejército y una nación no son capaces de mantener una guerra con población en contra” prosiguió el gallego “La pérdida del control de la información supone la pérdida de la guerra” En el transcurso de las últimas grandes guerras, el periodista ha perdido su carácter civil para antojarse objetivo militar. “Los periodistas somos civiles” proclamó la corresponsal Olga Rodríguez en relación a este aspecto.
No había batalla. Gira hacia el Hotel Palestina y tarda 10 minutos en disparar” El testimonio de Javier Couso resulta impactante por motivos obvios; sin embargo, el relato de Rodríguez eriza los vellos a más de uno en la sala. Corresponsal de la cadena Ser, décimas de segundo antes del ataque se encontraba en la terraza de su habitación en la planta 16 del Palestina “Vi como la metralla pasaba por delante de mis ojos” Su voz radiofónica, dulce, firme aunque con algún que otro matiz de ira, rememora lo acontecido aquel 8 de abril, aquel fatídico 8 de abril.  



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